martes, 27 de junio de 2017

Carmen - Capítulo dos



     Edgardo volvió a su casa. Los niños estaban más que felices con el regreso de su papá, que les permitía hacer todo lo que ellos quisieran. María no ocultaba la satisfacción que le causaba tener a su esposo en el hogar, por más que él la evitaba en toda ocasión.


     Pocos meses más tarde nació Carmen. María estaba feliz con el nacimiento de la niña. La comadrona se la entregó envuelta en una coqueta mantilla bordada para que la alimentara por primera vez y llamó a Edgardo a pedido suyo. Él estaba sentado en un sillón  de la sala de estar, fumando un puro y leyendo tranquilamente el diario.


-Don, la señora quiere que suba.


     Edgardo no dejó de mirar las hojas mientras exhalaba humo.


-¿Para qué?


-¿Cómo para qué, patrón? Para que conozca a la criatura!!


-Ah, ¿ya nació?}


-Si, y es una nenita hermosa.


-¿Encima una mocosa?


-Don Edgardo, los hijos vienen, no se eligen…¿Quién le dice que esta muchachita no le traiga la alegría que tanto le falta a esta casa?


     Edgardo dejó el periódico sobre el sillón con fastidio. Se levantó y subió la escalera para ir al cuarto de su mujer. Allí lo esperaba María, sonriente, feliz, con la criatura recién nacida en brazos.


-Vení, mirala, se parece a vos…


     Edgardo se quedó parado al pie de la cama. Ella le hizo señas de darle a la niña para que la alce. Fumó su cigarrillo enfrente de la mujer y exhaló todo el humo que contenía en los pulmones.


-Edgardo, ¿qué hacés con eso acá? ¿No ves que le podés hacer daño a la criatura?


     Extendió los brazos con el puro en la mano.


-Damela- dijo con sorna.


-Dejá ese cigarro en el cenicero…no, mejor tiralo en el baño o apagalo. ¿Cómo se te ocurre entrar con esa porquería aquí?


-No tengo ningún problema en irme. Esa criatura me importa lo mismo que la vida de una oruga. No la quise, no la quiero, nunca la voy a querer, es un estorbo para mí. Vos quisiste tenerla, así que ocupate de cuidarla sin joderme, que esté bien calladita y no moleste ni llore porque te juro que a la primera se la tiro a los perros  que vigilan el campo sin ningún problema.


     María lo escuchaba horrorizada.


-¿Cómo podés hablar así de tu propia hija? ¡Es una criatura inocente! ¡No tiene ninguna culpa de lo que vos y yo hicimos con nuestras vidas!


-No, es verdad, no tiene la culpa, pero ella va a pagar tu capricho, tu osadía de enfrentarme aquélla tarde en el bar. ¿Vos me querés acá? Me vas a tener acá. ¿Vos querés fingir que tenés una familia feliz? Fingí todo lo que quieras. Pero ni se te ocurra que me ocupe de esa cría que yo no busqué. Con Graciela te dejé bien en claro que no quería más hijos. Y menos mujeres que sólo sirven para disgustos y gastos, porque hay que adornarlas para conseguirles un novio y que se las lleven. Ojalá esta mocosa crezca rápido, se casé y se vaya a joder a un gil como yo.


     Carmen dormía en los brazos de su madre. Era verdad, Edgardo le había dicho que no quería más hijos luego de nacer Graciela. Pero quiso asegurarse la presencia de su marido con un hijo más, esperanzada de tener otro varón. Por eso aquélla noche, cuando llegó algo ebrio, hizo de tripas corazón y  se metió en su cama a pesar de la repugnancia que le daba y lo provocó hasta tener relaciones con él. Le había mentido. Le había dicho que se cuidaba, porque a pensar de la borrachera, Edgardo le recordó que no quiera “problemas”…así era como llamaba a los hijos su marido.  



     Edgardo se fue de la habitación dejando una estela de humo a su paso. María llamó a la joven que hacía los trabajos domésticos en la casa y le pidió que abriera la ventanas, que tomara a la beba y fueran al cuarto de los otros niños para poder ventilar todo.


    Carmen fue creciendo con la indiferencia de su padre. Nada de lo que la niña hacía estaba bien, siempre la espantaba diciendo que lo molestaba y cuando llegaba saludaba a sus hijos mayores, pero ignoraba rotundamente a la pequeña. Ella se esforzaba por portarse bien, pero cualquier travesura que hicieran sus hermanos, Edgardo la responsabilizaba a ella.



     La acusaba de torpe, de imbécil, de inútil, aun cuando la  niña hiciera las cosas bien. Su padre disfrutaba enormemente mortificándola, ya que veía que la ponía nerviosa y se tropezaba o se caía con cualquier cosa que trajera en las manos. María tenía discusiones por el trato que le daba a la pequeña. El argumento que siempre esgrimía el hombre era el mismo del primer día: jamás querría a esa criatura y no soportaba su presencia.


     Muchas noches Carmen lloraba en su cama y como único testigo tenía a Graciela, que se bajaba de su cama para consolar a su hermana, diciéndole que su papá era así con todos, que se hacía el malo pero que, en el fondo, era bueno y la quería tanto como a sus otros hijos.

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