María siempre había intentado que Edgardo aceptase a
Carmen. Le enviaba a la niña con recados, para hacerla agradable a sus ojos y
que viera lo predispuesta que era. Pero el entrecejo fruncido de su padre,
hacía que ella volcara las cosas, las rompiera en el camino y su torpeza lo
enfurecía más.
No comprendía por qué él la rechazaba tanto.
Quizás…No, debía quitar esos pensamientos de su cabeza, era imposible que su
marido supiese, o tal vez sospechase algo. Nadie, excepto ella misma, conocía
ese secreto.
Cuando aún vivían en el pueblo, y ella se había
visto obligada a vender las joyas que Valentín le devolviera, Edgardo había
vuelto a la casa. Sus padres vendrían de visita unos días y su marido no quería
tener que soportar un sermón por parte de su madre, sobre todo, que fue la que
más insistencia puso en concretar aquélla boda sin amor.
La visita duró una semana, en la que el matrimonio
dormía en camas separadas. Al finalizar, Edgardo volvió a desaparecer, sin
decir ni una sola palabra. Valentín no había vuelto a presentarse, debido a los
enfrentamientos que ellos tenían, nunca supo por qué se llevaban tan mal.
Pocos días después de la nueva partida de su marido,
salió a caminar por el campo. Necesitaba pensar qué hacer con su vida, con los
niños, cómo enfrentar a la gente en esa situación de separación. La
indiferencia de su esposo la lastimaba. Pensaba que con el tiempo él se
convertiría en un hombre de familia y no en el tarambana que se empeñaba en
continuar siendo. Se había detenido junto a un árbol, cerca de la ribera de un
arroyo. Quería sentir la brisa para poder pensar con más serenidad.
Una voz la distrajo. Conocida, alegre. Miró hacia
donde venía y se llevó la sorpresa de ver a Valentín. Sonrío, a pesar de su
tristeza.
-El señor Ramos Ortigoza. ¿A qué debo el honor de su
visita?
Valentín se quitó la gorra que llevaba y le dedicó
la una gran sonrisa.
-Paseaba por ahí y no me di cuenta de que había
caminado tanto- mintió descaradamente, sabía que Edgardo se había ido hacía
varios días y quería ver cómo se encontraba María con sus propios ojos.
María fingió creerle. Le agradaba la compañía de ese
joven, que siempre estaba con alguna ocurrencia para hacerla reír.
-¿El señor Domínguez volvió a irse…de viaje?
Notó la incomodidad de la mujer ante la pregunta.
-¿En el pueblo ya están las malas lenguas a la orden
del día, por lo que veo?
María comenzó a irse. Valentín se adelantó para
cortarle el paso.
-Disculpe. No fue mi intención molestarla.
La miraba a los ojos de una forma suplicante. María
desviaba la vista porque no quería que notara que estaba a punto de llorar.
Hizo un gesto con su brazo, invitándola a pasear.
-Por favor, me sentiré muy triste si no me acepta
este paseo en señal de disculpas.
-Está bien. Pero con una condición. No quiero hablar
de Edgardo.
-¿Quién es Edgardo?- dijo risueñamente Valentín,
provocando una risa en la mujer.
Caminaron por la orilla del arroyo charlando de
todas las tonterías que a Valentín se le ocurrían. María había perdido la
noción del tiempo y reía sin cesar. No se dieron cuenta de que, poco a poco la
tarde iba cayendo y comenzaba a ponerse oscuro.
Retomaron el camino de regreso cuando María miró
fijamente a Valentín. Se preguntaba por qué su marido no podía ser como ese
hombre. No recordaba haber pasado alguna tarde así con Edgardo alguna vez.
Valentín dejó de sonreír al notar la forma en que la mujer lo miraba.
-¿Algún problema? ¿Dije alguna cosa inconveniente?
¿Le molestó algo?
Ella movió negativamente la cabeza.
-No. Simplemente que no es tan fácil deshacerse de
algunos pensamientos, aunque no queramos pensar en ellos o tal vez porque una
se pregunta…
María se interrumpió. Se había dado cuenta de que
estuvo a punto de decir a viva voz la pregunta que se había hecho hacía unos
instantes a sí misma.
-¿Qué es lo que usted se pregunta?
-Nada, olvídese, soy una tonta…
Valentín notó que ella pasó disimuladamente un dedo
alrededor de sus ojos para disipar una lágrima furtiva. Se puso enfrente de
María, le tomó suavemente la mano y se la besó con toda la dulzura que deseaba
brindarle a esa mujer.
-María, usted no sabe lo que yo daría por verla
sonreír siempre. Usted no debería llorar por nadie.
María no ocultó su desborde. Sentía que el mundo se
le caía encima, que todas las decisiones que había tomado fueron equivocadas y
que ya nada podía hacer para cambiar su vida. Creía que estaba condenada a la
infelicidad para siempre.
Valentín no dudo en abrazar a esa mujer tan
estructurada, tan llena de prejuicios, obligada a ser tan fuerte para sostener
a sus hijos y soportando a un idiota como Edgardo. No comprendía por qué él
había llegado tarde a la vida de María.
Nunca supieron cuánto tiempo pasaron así, abrazados,
en silencio. En ese momento María sólo quería permanecer ahí, en ese lugar, en
donde por primera vez se sentía segura después de mucho tiempo. Se sentía
confundida. Ese hombre, casi un desconocido, le estaba dando toda la protección
que su propio marido jamás le había demostrado. Hizo un movimiento con la
cabeza y su mirada se cruzó con la del hombre, llena de ternura.
No lo evitó cuando sus labios buscaron su boca y la
besó tiernamente, saboreándola como si fuera un manjar. Dejó que la besara, se
dejó ganar por la infinita suavidad de aquél hombre que la sostenía por la
cintura con una mano y con la otra desabrochaba los botones de su blusa. Se
dejó llevar por eso que sentía por primera vez, ese deseo que antes no había
sentido, ese fuego que la carcomía por dentro.
Nada de lo que ocurrió fue una obligación. No sintió
que estuviera cumpliendo deberes. Valentín la desnudó ahí, en la ribera, junto
al arroyo, debajo de un frondoso sauce llorón, cuyas ramas hacían de cortinas
perfectas para que nadie que acertara pasar por casualidad los viera. Hicieron
el amor locamente, las manos de Valentín recorrieron cada rincón del cuerpo de
María, que se descubría como una mujer absolutamente desconocida para sí misma.