jueves, 6 de julio de 2017

Carmen-Capítulo seis.



     María siempre había intentado que Edgardo aceptase a Carmen. Le enviaba a la niña con recados, para hacerla agradable a sus ojos y que viera lo predispuesta que era. Pero el entrecejo fruncido de su padre, hacía que ella volcara las cosas, las rompiera en el camino y su torpeza lo enfurecía más.


     No comprendía por qué él la rechazaba tanto. Quizás…No, debía quitar esos pensamientos de su cabeza, era imposible que su marido supiese, o tal vez sospechase algo. Nadie, excepto ella misma, conocía ese secreto.


     Cuando aún vivían en el pueblo, y ella se había visto obligada a vender las joyas que Valentín le devolviera, Edgardo había vuelto a la casa. Sus padres vendrían de visita unos días y su marido no quería tener que soportar un sermón por parte de su madre, sobre todo, que fue la que más insistencia puso en concretar aquélla boda sin amor.


     La visita duró una semana, en la que el matrimonio dormía en camas separadas. Al finalizar, Edgardo volvió a desaparecer, sin decir ni una sola palabra. Valentín no había vuelto a presentarse, debido a los enfrentamientos que ellos tenían, nunca supo por qué se llevaban tan mal.


     Pocos días después de la nueva partida de su marido, salió a caminar por el campo. Necesitaba pensar qué hacer con su vida, con los niños, cómo enfrentar a la gente en esa situación de separación. La indiferencia de su esposo la lastimaba. Pensaba que con el tiempo él se convertiría en un hombre de familia y no en el tarambana que se empeñaba en continuar siendo. Se había detenido junto a un árbol, cerca de la ribera de un arroyo. Quería sentir la brisa para poder pensar con más serenidad.


     Una voz la distrajo. Conocida, alegre. Miró hacia donde venía y se llevó la sorpresa de ver a Valentín. Sonrío, a pesar de su tristeza.



-El señor Ramos Ortigoza. ¿A qué debo el honor de su visita?


     Valentín se quitó la gorra que llevaba y le dedicó la una gran sonrisa.


-Paseaba por ahí y no me di cuenta de que había caminado tanto- mintió descaradamente, sabía que Edgardo se había ido hacía varios días y quería ver cómo se encontraba María con sus propios ojos.


     María fingió creerle. Le agradaba la compañía de ese joven, que siempre estaba con alguna ocurrencia para hacerla reír.


-¿El señor Domínguez volvió a irse…de viaje?


     Notó la incomodidad de la mujer ante la pregunta.


-¿En el pueblo ya están las malas lenguas a la orden del día, por lo que veo?


     María comenzó a irse. Valentín se adelantó para cortarle el paso.


-Disculpe. No fue mi intención molestarla.


     La miraba a los ojos de una forma suplicante. María desviaba la vista porque no quería que notara que estaba a punto de llorar. Hizo un gesto con su brazo, invitándola a pasear.


-Por favor, me sentiré muy triste si no me acepta este paseo en señal de disculpas.


-Está bien. Pero con una condición. No quiero hablar de Edgardo.


-¿Quién es Edgardo?- dijo risueñamente Valentín, provocando una risa en la mujer.


     Caminaron por la orilla del arroyo charlando de todas las tonterías que a Valentín se le ocurrían. María había perdido la noción del tiempo y reía sin cesar. No se dieron cuenta de que, poco a poco la tarde iba cayendo y comenzaba a ponerse oscuro.


     Retomaron el camino de regreso cuando María miró fijamente a Valentín. Se preguntaba por qué su marido no podía ser como ese hombre. No recordaba haber pasado alguna tarde así con Edgardo alguna vez. Valentín dejó de sonreír al notar la forma en que la mujer lo miraba.


-¿Algún problema? ¿Dije alguna cosa inconveniente? ¿Le molestó algo?


     Ella movió negativamente la cabeza.


-No. Simplemente que no es tan fácil deshacerse de algunos pensamientos, aunque no queramos pensar en ellos o tal vez porque una se pregunta…


     María se interrumpió. Se había dado cuenta de que estuvo a punto de decir a viva voz la pregunta que se había hecho hacía unos instantes a sí misma.


-¿Qué es lo que usted se pregunta?


-Nada, olvídese, soy una tonta…


     Valentín notó que ella pasó disimuladamente un dedo alrededor de sus ojos para disipar una lágrima furtiva. Se puso enfrente de María, le tomó suavemente la mano y se la besó con toda la dulzura que deseaba brindarle a esa mujer.


-María, usted no sabe lo que yo daría por verla sonreír siempre. Usted no debería llorar por nadie.


     María no ocultó su desborde. Sentía que el mundo se le caía encima, que todas las decisiones que había tomado fueron equivocadas y que ya nada podía hacer para cambiar su vida. Creía que estaba condenada a la infelicidad para siempre.


     Valentín no dudo en abrazar a esa mujer tan estructurada, tan llena de prejuicios, obligada a ser tan fuerte para sostener a sus hijos y soportando a un idiota como Edgardo. No comprendía por qué él había llegado tarde a la vida de María.


     Nunca supieron cuánto tiempo pasaron así, abrazados, en silencio. En ese momento María sólo quería permanecer ahí, en ese lugar, en donde por primera vez se sentía segura después de mucho tiempo. Se sentía confundida. Ese hombre, casi un desconocido, le estaba dando toda la protección que su propio marido jamás le había demostrado. Hizo un movimiento con la cabeza y su mirada se cruzó con la del hombre, llena de ternura.


     No lo evitó cuando sus labios buscaron su boca y la besó tiernamente, saboreándola como si fuera un manjar. Dejó que la besara, se dejó ganar por la infinita suavidad de aquél hombre que la sostenía por la cintura con una mano y con la otra desabrochaba los botones de su blusa. Se dejó llevar por eso que sentía por primera vez, ese deseo que antes no había sentido, ese fuego que la carcomía por dentro.


     Nada de lo que ocurrió fue una obligación. No sintió que estuviera cumpliendo deberes. Valentín la desnudó ahí, en la ribera, junto al arroyo, debajo de un frondoso sauce llorón, cuyas ramas hacían de cortinas perfectas para que nadie que acertara pasar por casualidad los viera. Hicieron el amor locamente, las manos de Valentín recorrieron cada rincón del cuerpo de María, que se descubría como una mujer absolutamente desconocida para sí misma.

miércoles, 5 de julio de 2017

Carmen - Capítulo Cinco



     Franco Bedoya era uno de los solteros más codiciados de la Capital. Hijo de una familia tradicional y próspera, tenía sus propios negocios alentado por sus padres y abuelos. Había viajado por los lugares más fascinantes y exóticos del mundo, para aprender sus distintas costumbres. En esos viajes, nadie sabía quién era y lo trataban como a uno más. Había trabajado en bares, restaurantes, cafés y hoteles de las más variadas categorías, realizando todas las tareas en donde lo precisaran…a veces fregando platos en un sótano sucio, otras recibiendo a lo más alto de las alcurnias europeas.


     Le gustaba la idea de brindar un servicio de calidad en su país. Invertir en un hotel propio, con una amplia carta gastronómica, variada y exótica, digna de reyes, para mostrar todo lo que había aprendido en esos viajes. No descartaba ilustrar las paredes de ese hotel en proyecto con las fotos de las rarezas que había encontrado, aunque lo notaba como un detalle snob y ególatra.


      Había comenzado por financiar una escuela de gastronomía en la Capital. Formaba parte de la sociedad, si bien no participaba de ninguna clase ni se mezclaba con los asistentes. Su  idea escondida era escuchar a los profesores sobre quiénes era los alumnos con más posibilidades de destacarse en distintas áreas, para luego captarlos con la promesa de un futuro trabajo en ese hotel de lujo que esperaba concretar pronto. Quería a los mejores, y los tendría.


     Había comenzado a escuchar el nombre de una alumna nueva. Tenía grandes habilidades y sobresalía con toda clase de delicias. Si bien había comenzado a cursar hacía pocos meses, los profesores la tenían en mucha consideración y, alguno que otro, reconocía que era hasta mejor que ellos.


     Le provocó mucha curiosidad esa joven. No era muy sociable, y se movía en un grupo de gente muy reducido. Si bien tenía buenos modales, era bastante arisca y hablaba poco. Pero todos decían que cuando cocinaba, sonreía y parecía que rozaba la felicidad.


     Tuvo que buscar alguna excusa para ir a la escuela sin levantar sospechas, pero en definitiva era uno de los dueños. Y tenía todo el derecho del mundo de ir y estar donde se le antojara. Dentro de la escuela no era muy conocido, así que, a menos que se cruzase con algún directivo, iba a pasar bastante desapercibido.  

     Buscó el curso de la joven que tanto habían alabado. Se encontró mirando por uno de los ventanales que daban a las enormes aulas-cocinas a una mujer que se movía con una pasión que pocas veces había visto. La veía verter mezclas, incorporar ingredientes, cortar vegetales y frutas con la intensidad de quien se entrega en cuerpo y alma. No veía su rostro, ni su figura. No le importaba su aspecto. Solo quería poseer esa pasión para sí.


     Distraídamente preguntó alguien que observaba igual que él cómo se llamaba esa mujer.


-Carmen, es una alumna nueva, pero parece una de las chefs más experimentadas que conozco.

Carmen-Capítulo seis.

     María siempre había intentado que Edgardo aceptase a Carmen. Le enviaba a la niña con recados, para hacerla agradable a sus ojos ...