Pese a todo, Edgardo no fue electo como intendente.
Usó a su familia como medio de mostrarse un hombre digno para el cargo, sin
embargo sus andanzas y las habladurías sobre los problemas que tenía en su
matrimonio hacía tiempo que recorrían el pueblo y no era un secreto nada de lo
que ocurría en el enorme caserón de los Domínguez.
Muchas personas supieron las necesidades que María y
los chicos habían pasado cuando Edgardo se fue, que la mujer debió vender
objetos de valor para darle de comer a sus hijos, pese a que había entregado
esos objetos a una mujer del servicio de su entera confianza y la había enviado
a otro pueblo para que nadie murmurara sobre su situación.
Lo que María
no había tenido en cuenta era que la joven sirvienta fue reconocida por un
vecino y, al verla ingresando a una casa de empeños, la siguió. Grande fue su
sorpresa al ver que la muchacha entregaba numerosas joyas y recibía por ellas
una suma de dinero bastante irrisoria.
-Esperate. Yo a vos te conozco, trabajás con los
Domínguez y es imposible que seas la dueña de esas joyas.
El dueño de la casa de empeños miró a la pareja por
encima de sus anteojos. Le importaba muy poco quién era dueño de los objetos,
pero tampoco quería verse envuelto en un problema-
-¿Usted dice que esta mercancía es robada?-preguntó
al hombre.
-¿Usted cree que una sirviente puede tener
semejantes alhajas?- respondió.
La chica había entrado en estado de desesperación.
María le había prohibido expresamente decir a quien pertenecían esos objetos,
bajo amenaza de echarla de la propiedad y dejarla en la calle sin nada. Si hablaba, la patrona la echaría, si no
hablaba, iría a la cárcel.
-¿Vas a decir de donde sacaste esas alhajas?-le
preguntó el hombre.
-La doña me las dio, pa que las venda.
-Ja, mirá que voy a creer que María Domínguez te
mandó a vender sus joyas!
-Sí, señor, ella me las dio, porque no tiene qué
darle de comer a los niños. El don se fue de la casa hace un tiempo y en la
casa la estamos pasando muy mal.
-Esto es suyo, y a esta me la llevo para la comisaría.
Ante la mirada de asombro del prestamista, el hombre
agregó:
-No querrá estar mezclado en un asunto de robo, con
personas altamente vinculadas al gobernador, verdad? Piense que su permiso para
tener este negocio puede ser retirado por aceptar objetos robados. Y a usted no
le conviene la mala publicidad.
-No, por
supuesto- respondió el prestamista mientras hacía un gesto con las manos de
desentenderse totalmente del asunto.
Salieron por la puerta y condujo a la joven casi
arrastrándola hasta un callejón cercano.
-Me vas a decir exactamente qué pasa.
-Lo que le dije, señor, la patrona me mandó a vender
estas joyas porque no tenemos qué comer. El patrón se fue hace un tiempo y se
olvidó de todo, de la familia, se la pasa de juerga, en el bar, y la señora
está desesperada. Por favor, señor, no me lleve a la policía, porque la patrona
no quiere que nadie sepa lo que está pasando en la casa y si se entera de que
yo dije algo, me echa al a calle con lo puesto.
La chica lloraba desconsoladamente. En su
desesperación, él notaba que decía la verdad.
-Está bien, te creo,
pero vamos a hacer algo. El desgraciado
ese te iba a dar una miseria por todas las pertenencias de tu patrona y
el día que ella quiera recuperarlas seguramente querrá cobrarle una fortuna, es
un miserable que no vale la pena recordar. Yo te voy a dar el dinero, y me
quedo con las joyas. Seguramente tu patrona, cuando se encuentre en mejor
posición, te enviará a vos a recuperarlas. Ese día me buscás a mí, y yo te voy
a dar todo.
La joven lo miraba con desconfianza. No entendía muy
bien la razón que el hombre tenía para cambiar de actitud tan rápidamente.
Pocos minutos antes, quería llevarla presa por ladrona y ahora iba a darle el
dinero para ayudar a doña María y, además, mucho más del que le ofrecía el de
la casa de empeños.
-¿Qué dudás ?-buscó en su bolsillo y sacó la
billetera, extendió un manojo de billetes que ni siquiera contó- Tomá esto y
llévaselo a doña María. No tenés que decirle que fui yo el que te lo dio.
Simplemente que peleaste el precio y conseguiste una excelente cotización por
sus pertenencias.
Ella tomó el dinero temblando de los nervios.
Conocía al hombre, lo había visto algunas veces en la casa de los patrones,
sabía que no le tenía ninguna simpatía a Edgardo y que miraba de una forma
especial a doña María. Don Valentín Ramos Ortigoza.
-Bien-dijo Valentín-Veo que nos estamos entendiendo.
Quedate tranquila que tu patrona jamás se enterará de nuestro acuerdo. Ahora,
guardá la plata y andate.
Horas más tarde, María estaba incrédula ante la
enorme cantidad de dinero que la muchacha había obtenido a cambio de sus joyas.
Jamás había imaginado que tuviera alma de comerciante ni que fuera tan
despabilada.
-Ahora andate a lo de doña Paca y comprá
comestibles, decile que…no, no le digas nada, solo agradécele que nos haya dado
algo a cuenta y pagale todo lo que se le deba.
Si pregunta algo sobre el dinero, no le des ninguna explicación, vos no
tenés idea de nada, ¿está claro?
-Sí, señora, quédese tranquila.
Días más tarde alguien llamó a la puerta de la casa
de los Domínguez. La joven empleada abrió la puerta y con una gran sorpresa vio
a aquél hombre parado en el recibidor.
-Don Valentín, ¿qué hace aquí?
-¿Está la señora? Llamala.
María bajaba de la escalera en ese mismo momento.
-Valentín Ramos Ortigoza, es un milagro tenerlo por
aquí!!- dijo María al verlo.
Valentín entró casi empujando a la joven empleada.
Saludó al a dueña de casa con un delicado beso en cada una de sus manos.
-Está muy hermosa, María.
-Siempre tan galán…Rudecinda, traenos un té y llévalo
al saloncito… ¿supongo que no me va a rechazar un té?
-¿Don Edgardo está en casa?
Un rictus ensombreció la sonrisa de María.
-No, está de viaje, puede pasar tranquilo y podemos
charlar como hace mucho tiempo no hacemos.
Había mentido deliberadamente. Valentín sabía que
Edgardo no había viajado, pero jamás iba a contradecir a María, sabiendo lo
orgullosa que era.
Se acomodaron en el saloncito. Valentín le contaba
cosas de su último viaje, chismes de Europa, de personajes de la sociedad
capitalina. María reía sin parar. Como desde hacía mucho tiempo no reía. La
muchacha les acercó té y algunos bocadillos. Discretamente encendió las luces,
reponía la bebida y cambiaba el plato con galletas, tratando de no interrumpir.
La señora María era otra mujer cuando reía y parecía que el señor Valentín
sabía hacerle olvidar sus dolores.
Los hijos de María habían regresado de la escuela y,
tal como tenían por costumbre, entraron directamente por la puerta trasera a la
cocina, para tomar su merienda. Enormes tazones rebosantes de leche y café
humeantes los esperaban, junto a unas rodajas de pan casero recién hecho y en
un plato, manteca casera que le había traído el encargado del campo. Los chicos comieron hasta llenarse y, una vez
que terminaron de merendar, ayudaron a llevar los platos a la mesada y se
pusieron a hacer sus deberes escolares.
Valentín seguía hablando de sus correrías,
disfrutando de esa tarde casi soñada junto a la mujer que amaba en secreto.
Pero había ido con un fin específico y aún no se había atrevido a decírselo.
Conocía demasiado bien a esa mujer como para relatarle la verdad, así que, a su
pesar, optó por mentirle.
-María, en realidad nunca le dije la razón que me
trajo hasta su casa.
Ella dio un respingo en su asiento. No era
indiferente a la mirada de ese hombre, a la calidez de sus manos cuando tomaba
las suyas, ni a la suavidad con que rozaba sus labios al posar un delicado beso
en ellas…pequeños atrevimientos que él se tomaba cuando no había testigos. Valentín
cuidaba las formas pese a la pasión que lo movía, porque jamás habría querido
perjudicarla o ponerla en una situación que llevase su nombre a chismes y
correrías de mercado.
-Usted dirá, Valentín, lo escucho.
El joven hurgo dentro del enorme bolsillo de su
abrigo de paño y sacó un paquete de tela atado con unas cintas rojas.
-Creo que esto es suyo.
Extendió el paquete hacia María y esta lo tomó con
mano temblorosa. Al abrirlo no cabía en su asombro: eran las joyas que le había
pedido a Rudecinda que vendiera en la casa de empeños del pueblo vecino.
-Hace un par de días pasé por Prado Negro y pasé por
la tienda de empeños porque quería comprar alguna chuchería para mi madre.
Usted sabe que siempre alguna familia vende sus cosas por distintas razones:
algunos porque ya no tienen lugar para ponerlas, porque falleció algún
familiar, las heredó y no le gustan…y qué mejor forma de disfrutar de una
herencia que dinero, no?-Valentín intentaba ser gracioso, pero se daba cuenta
de que el rostro de la mujer se había transformado recordando las razones por
las que había vendido esas piezas- La verdad es que cuando las vi, reconocí
esas alhajas como suyas e increpé al tendero a que me explicara cómo las había
conseguido. Me contó una historia inverosímil, que en ningún momento creí y lo
amenacé con denunciarlo a las autoridades por fomentar el hurto, ya que no poseía ningún certificado que
acreditase que tenía la propiedad legal de las joyas. De modo que lo obligué a
entregármelas, sólo con la intención de devolvérselas a su legítima dueña.
Las lágrimas bañaban las mejillas de María. No salía
ningún sonido de su garganta de la emoción que sentía. Se arrojó a los pies de
Valentín dando gracias y llorando desconsoladamente. El hombre se levantó de un
salto e hizo que ella se pusiera de pie.
-No, María, usted no tiene nada que agradecerme.
Sólo hice lo que cualquier hombre de honor haría en mi lugar.
-No, Valentín-respondió ella entre sollozos- No
cualquier hombre, solo uno muy especial.
Ella no pudo contener un abrazo. Él palmeó la
espalda de la mujer conteniendo las ganas de abrazarla fuertemente y llevársela
lejos de la vida de la bestia de Edgardo Domínguez.
-No sé cómo voy a hacer para pagarle esto…
-No tiene nada
que pagar, señora. Las joyas son suyas.
-Pero usted…
-¿Qué? No, yo no puse un centavo, el criminal ese me
dio todo sin pedirme nada a cambio…será que tenía la consciencia sucia, el muy
delincuente, que ante la sola mención de llamar a la policía y al juez, casi
hasta me regala unos relojes de bolsillo que tenía dando vueltas por ahí.
María sonrío ante la gracia con que Valentín contaba
su hazaña.
-Eso, sonría, no se haga problemas por nada. Ahora
debo retirarme, no es correcto que un hombre soltero esté a estas horas en la
casa de una mujer casada.
Rudecinda había entrado al saloncito para retirar
las cosas y Valentín dijo:
-Vaya usted a descansar y que la muchacha me
acompañe a la puerta, usted debe estar muy cansada, le robé muchas horas.
Le dio un suave beso en el dorso de la mano, sin
dejar de mirarla a los ojos, tomó su abrigo y fue hasta la salida acompañado de
Rudecinda. Ya en la puerta, le dijo:
-Cualquier cosa que te pregunte la señora sobre lo
que pasó el otro día en Prado Negro, vos decí lo que te indiqué. Fuiste a la
tienda, vendiste las joyas y el mercader ese te dio todo ese dinero sin
chistar, ¿está claro?
-Sí, señor.
-Ni por casualidad se te ocurra mencionar que me
viste o que yo te di la plata. Eso es un secreto que debe morir con vos y ni en
la tumba vas a poder revelarlo, ¿entendiste?
La joven asintió con la cabeza. Valentín buscó en un
bolsillo de su pantalón y le dio un billete a la chica. Ella abrió los ojos
enormes al verlo.
-Esto es para vos…y para que te callés la boca. Si
cumplís, vas a ver más parecidos a estos. Y cualquier problema de plata que
tenga tu patrona, me avisás. Sólo a mí. Sabés en donde encontrarme.
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