viernes, 30 de junio de 2017

Carmen- capítulo cuatro



     Edgardo advirtió cuánto mortificaba a Carmen con sus desprecios. De repente lo divertía ver a la niña deshacerse en atenciones para ganarse su simpatía. Se ponía vestidos elegantes y moños para estar más bonita, con tal de que su papá le dedicara aunque más no sea una sonrisa. Sabía que a Edgardo le gustaba la buena comida y, a medida que fue creciendo, pasaba más tiempo en la cocina, aprendiendo de Rudecinda y Josefa los secretos para preparar un buen guiso, carnes asadas, pastas de todas clases y, sobre todo, postres y pequeñas delicadeces para la hora de  tomar el último licor de la noche.


     Los años habían pasado. Carmen se había convertido en una joven concienzuda y trabajadora. No era precisamente bella, pero era constante y tozuda, a la larga, conseguía lo que quería. Con una excepción, el amor de Edgardo.


     María lo había convencido de irse a vivir a la Capital, en donde sus pretensiones políticas podrían desarrollarse mejor. La verdadera intención era poder cumplirle a Carmen el sueño de asistir a una escuela de gastronomía. Había descubierto el don que su hija tenía para cocinar y quería que pudiera desarrollarlo. Pero jamás se le hubiese ocurrido contarle eso a su marido porque, al saber que la verdadera razón era Carmen, se habría opuesto rotundamente aunque sus ambiciones políticas se vieran perjudicadas.


     En la Capital la vida era tan distinta que Carmen poco a poco fue olvidando el afán por ganarse el amor de su padre. Los horarios de los cursos y las prácticas le llevaban todo el día y apenas llegaba a su casa para dormir unas horas. Las distancias eran distintas que en el campo, debía tomar trenes y subtes, además de que se había hecho de un grupo de compañeros de la escuela con los que se juntaban a intercambiar opiniones y ayudarse mutuamente con lo que alguno no había comprendido bien.


     En el fondo, Edgardo extrañaba las delicias que preparaba su hija, pero jamás lo admitiría. Alguna noche, por el simple placer de amargarle la cena a María, habría hecho la observación.

-La mala agradecida desde que tiene el cuento del estudio, no hace nada en la casa.


     María lo miró fríamente.


-¿A quién te referís?


-A tu hija.


-Tenemos dos hijas.


-No hablo de Graciela. De la otra, la que pone cara de mosca muerta, pero que en el fondo debe querer que me muera.


     María redobló la apuesta.


-Si así fuera…pudo haberte matado hace tiempo. Tranquilamente podría ponerte un poco de veneno para ratas en todo lo que hace y que vos te comés como si fuera la última cena…


     Edgardo la miró y dejó sobre el plato el tenedor que estaba por llevarse a la boca.


-Comé tranquilo, eso no lo cocinó Carmen…lo cociné yo…


-Quizás con más razón debería pedir que me traigan otra cosa, no? Por lo que veo no probaste bocado aún…¿no serás vos la que quiere envenenarme?


     María se levantó de la mesa y se acercó a su marido para hablarle en el oído.


-El infierno ya lo estoy viviendo acá así que estoy acostumbrada… pero no me voy a arriesgar a pasarme la eternidad con vos allá abajo…así que ni loca pondría en juego mi eternidad en el Paraíso para sacarme de encima a un sorete como vos. Comé tranquilo, ni Carmen ni yo tenemos intenciones de matarte.


     Dejó a su marido solo y se encerró en su habitación. Se quitó la ropa y se puso el camisón, se acostó y allí, mordiendo la almohada, lloró desconsoladamente. Cada enfrentamiento con Edgardo la desmoronaba y le costaba mucha energía. Defender a su hija era una pelea titánica y cada vez se le hacía más difícil y pesada.



     Poco a poco se habían realizado algunos cambios en Carmen. Sonreía más, ya no estaba tan pendiente de agradar a su padre y ese mundo nuevo de la gran ciudad le había abierto las puertas a la libertad y a su vocación. Estaba feliz con las posibilidades que se le abrían, los maestros la felicitaban y tenían grandes expectativas puestas en ella.


     Ver a su hija por primera vez feliz, mejoraba el estado de ánimo de María y la ayudaba a soportar las tormentosas discusiones con Edgardo. Había aprendido a no prestarle atención, pero él siempre se las arreglaba para tocar sus puntos débiles, que conocía a la perfección. María no quería reconocerlo, pero muy en el fondo de su alma rogaba a Dios que le permitiera usar el título de viuda lo más pronto posible.

miércoles, 28 de junio de 2017

Carmen- Capítulo tres



     Pese a todo, Edgardo no fue electo como intendente. Usó a su familia como medio de mostrarse un hombre digno para el cargo, sin embargo sus andanzas y las habladurías sobre los problemas que tenía en su matrimonio hacía tiempo que recorrían el pueblo y no era un secreto nada de lo que ocurría en el enorme caserón de los Domínguez.


     Muchas personas supieron las necesidades que María y los chicos habían pasado cuando Edgardo se fue, que la mujer debió vender objetos de valor para darle de comer a sus hijos, pese a que había entregado esos objetos a una mujer del servicio de su entera confianza y la había enviado a otro pueblo para que nadie murmurara sobre su situación.


     Lo que María no había tenido en cuenta era que la joven sirvienta fue reconocida por un vecino y, al verla ingresando a una casa de empeños, la siguió. Grande fue su sorpresa al ver que la muchacha entregaba numerosas joyas y recibía por ellas una suma de dinero bastante irrisoria.


-Esperate. Yo a vos te conozco, trabajás con los Domínguez y es imposible que seas la dueña de esas joyas.


     El dueño de la casa de empeños miró a la pareja por encima de sus anteojos. Le importaba muy poco quién era dueño de los objetos, pero tampoco quería verse envuelto en un problema-


-¿Usted dice que esta mercancía es robada?-preguntó al hombre.


-¿Usted cree que una sirviente puede tener semejantes alhajas?- respondió.


     La chica había entrado en estado de desesperación. María le había prohibido expresamente decir a quien pertenecían esos objetos, bajo amenaza de echarla de la propiedad y dejarla en la calle sin nada.  Si hablaba, la patrona la echaría, si no hablaba, iría a la cárcel.


-¿Vas a decir de donde sacaste esas alhajas?-le preguntó el hombre.


-La doña me las dio, pa que las venda.


-Ja, mirá que voy a creer que María Domínguez te mandó a vender sus joyas!


-Sí, señor, ella me las dio, porque no tiene qué darle de comer a los niños. El don se fue de la casa hace un tiempo y en la casa la estamos pasando muy mal.



     La muchacha hablaba casi llorando. Se mordía los labios porque no quería traicionar a su patrona. El hombre que la había reconocido la tomó del brazo, tomó el paquete con las alhajas y le quitó los billetes que el dueño de la tienda de empeños le había entregado a cambio, dejándoselos sobre su escritorio.


-Esto es suyo, y a esta me la llevo para la comisaría.

  
     Ante la mirada de asombro del prestamista, el hombre agregó:


-No querrá estar mezclado en un asunto de robo, con personas altamente vinculadas al gobernador, verdad? Piense que su permiso para tener este negocio puede ser retirado por aceptar objetos robados. Y a usted no le conviene la mala publicidad.


 -No, por supuesto- respondió el prestamista mientras hacía un gesto con las manos de desentenderse totalmente del asunto.


     Salieron por la puerta y condujo a la joven casi arrastrándola hasta un callejón cercano.


-Me vas a decir exactamente qué pasa.


-Lo que le dije, señor, la patrona me mandó a vender estas joyas porque no tenemos qué comer. El patrón se fue hace un tiempo y se olvidó de todo, de la familia, se la pasa de juerga, en el bar, y la señora está desesperada. Por favor, señor, no me lleve a la policía, porque la patrona no quiere que nadie sepa lo que está pasando en la casa y si se entera de que yo dije algo, me echa al a calle con lo puesto.


     La chica lloraba desconsoladamente. En su desesperación, él notaba que decía la verdad.


-Está bien, te creo,  pero vamos a hacer algo. El desgraciado  ese te iba a dar una miseria por todas las pertenencias de tu patrona y el día que ella quiera recuperarlas seguramente querrá cobrarle una fortuna, es un miserable que no vale la pena recordar. Yo te voy a dar el dinero, y me quedo con las joyas. Seguramente tu patrona, cuando se encuentre en mejor posición, te enviará a vos a recuperarlas. Ese día me buscás a mí, y yo te voy a dar todo.


     La joven lo miraba con desconfianza. No entendía muy bien la razón que el hombre tenía para cambiar de actitud tan rápidamente. Pocos minutos antes, quería llevarla presa por ladrona y ahora iba a darle el dinero para ayudar a doña María y, además, mucho más del que le ofrecía el de la casa de empeños.


-¿Qué dudás ?-buscó en su bolsillo y sacó la billetera, extendió un manojo de billetes que ni siquiera contó- Tomá esto y llévaselo a doña María. No tenés que decirle que fui yo el que te lo dio. Simplemente que peleaste el precio y conseguiste una excelente cotización por sus pertenencias.


     Ella tomó el dinero temblando de los nervios. Conocía al hombre, lo había visto algunas veces en la casa de los patrones, sabía que no le tenía ninguna simpatía a Edgardo y que miraba de una forma especial a doña María. Don Valentín Ramos Ortigoza.


-Bien-dijo Valentín-Veo que nos estamos entendiendo. Quedate tranquila que tu patrona jamás se enterará de nuestro acuerdo. Ahora, guardá la plata y andate.


     Horas más tarde, María estaba incrédula ante la enorme cantidad de dinero que la muchacha había obtenido a cambio de sus joyas. Jamás había imaginado que tuviera alma de comerciante ni que fuera tan despabilada.


-Ahora andate a lo de doña Paca y comprá comestibles, decile que…no, no le digas nada, solo agradécele que nos haya dado algo a cuenta y pagale todo lo que se le deba.  Si pregunta algo sobre el dinero, no le des ninguna explicación, vos no tenés idea de nada, ¿está claro?


-Sí, señora, quédese tranquila.


      Días más tarde alguien llamó a la puerta de la casa de los Domínguez. La joven empleada abrió la puerta y con una gran sorpresa vio a aquél hombre parado en el recibidor.


-Don Valentín, ¿qué hace aquí?


-¿Está la señora? Llamala.


     María bajaba de la escalera en ese mismo momento.


-Valentín Ramos Ortigoza, es un milagro tenerlo por aquí!!- dijo María al verlo.


     Valentín entró casi empujando a la joven empleada. Saludó al a dueña de casa con un delicado beso en cada una de sus manos.


-Está muy hermosa, María.


-Siempre tan galán…Rudecinda, traenos un té y llévalo al saloncito… ¿supongo que no me va a rechazar un té?


-¿Don Edgardo está en casa?


     Un rictus ensombreció la sonrisa de María.


-No, está de viaje, puede pasar tranquilo y podemos charlar como hace mucho tiempo no hacemos.


     Había mentido deliberadamente. Valentín sabía que Edgardo no había viajado, pero jamás iba a contradecir a María, sabiendo lo orgullosa que era.


     Se acomodaron en el saloncito. Valentín le contaba cosas de su último viaje, chismes de Europa, de personajes de la sociedad capitalina. María reía sin parar. Como desde hacía mucho tiempo no reía. La muchacha les acercó té y algunos bocadillos. Discretamente encendió las luces, reponía la bebida y cambiaba el plato con galletas, tratando de no interrumpir. La señora María era otra mujer cuando reía y parecía que el señor Valentín sabía hacerle olvidar sus dolores.


     Los hijos de María habían regresado de la escuela y, tal como tenían por costumbre, entraron directamente por la puerta trasera a la cocina, para tomar su merienda. Enormes tazones rebosantes de leche y café humeantes los esperaban, junto a unas rodajas de pan casero recién hecho y en un plato, manteca casera que le había traído el encargado del campo.  Los chicos comieron hasta llenarse y, una vez que terminaron de merendar, ayudaron a llevar los platos a la mesada y se pusieron a hacer sus deberes escolares.


     Valentín seguía hablando de sus correrías, disfrutando de esa tarde casi soñada junto a la mujer que amaba en secreto. Pero había ido con un fin específico y aún no se había atrevido a decírselo. Conocía demasiado bien a esa mujer como para relatarle la verdad, así que, a su pesar, optó por mentirle.


-María, en realidad nunca le dije la razón que me trajo hasta su casa.


     Ella dio un respingo en su asiento. No era indiferente a la mirada de ese hombre, a la calidez de sus manos cuando tomaba las suyas, ni a la suavidad con que rozaba sus labios al posar un delicado beso en ellas…pequeños atrevimientos que él se tomaba cuando no había testigos. Valentín cuidaba las formas pese a la pasión que lo movía, porque jamás habría querido perjudicarla o ponerla en una situación que llevase su nombre a chismes y correrías de mercado.


-Usted dirá, Valentín, lo escucho.


     El joven hurgo dentro del enorme bolsillo de su abrigo de paño y sacó un paquete de tela atado con unas cintas rojas.


-Creo que esto es suyo.


     Extendió el paquete hacia María y esta lo tomó con mano temblorosa. Al abrirlo no cabía en su asombro: eran las joyas que le había pedido a Rudecinda que vendiera en la casa de empeños del pueblo vecino.


-Hace un par de días pasé por Prado Negro y pasé por la tienda de empeños porque quería comprar alguna chuchería para mi madre. Usted sabe que siempre alguna familia vende sus cosas por distintas razones: algunos porque ya no tienen lugar para ponerlas, porque falleció algún familiar, las heredó y no le gustan…y qué mejor forma de disfrutar de una herencia que dinero, no?-Valentín intentaba ser gracioso, pero se daba cuenta de que el rostro de la mujer se había transformado recordando las razones por las que había vendido esas piezas- La verdad es que cuando las vi, reconocí esas alhajas como suyas e increpé al tendero a que me explicara cómo las había conseguido. Me contó una historia inverosímil, que en ningún momento creí y lo amenacé con denunciarlo a las autoridades por fomentar el hurto,  ya que no poseía ningún certificado que acreditase que tenía la propiedad legal de las joyas. De modo que lo obligué a entregármelas, sólo con la intención de devolvérselas a su legítima dueña.


     Las lágrimas bañaban las mejillas de María. No salía ningún sonido de su garganta de la emoción que sentía. Se arrojó a los pies de Valentín dando gracias y llorando desconsoladamente. El hombre se levantó de un salto e hizo que ella se pusiera de pie.


-No, María, usted no tiene nada que agradecerme. Sólo hice lo que cualquier hombre de honor haría en mi lugar.


-No, Valentín-respondió ella entre sollozos- No cualquier hombre, solo uno muy especial.


     Ella no pudo contener un abrazo. Él palmeó la espalda de la mujer conteniendo las ganas de abrazarla fuertemente y llevársela lejos de la vida de la bestia de Edgardo Domínguez.


-No sé cómo voy a hacer para pagarle esto…


-No tiene nada  que pagar, señora. Las joyas son suyas.


-Pero usted…


-¿Qué? No, yo no puse un centavo, el criminal ese me dio todo sin pedirme nada a cambio…será que tenía la consciencia sucia, el muy delincuente, que ante la sola mención de llamar a la policía y al juez, casi hasta me regala unos relojes de bolsillo que tenía dando vueltas por ahí.


     María sonrío ante la gracia con que Valentín contaba su hazaña.


-Eso, sonría, no se haga problemas por nada. Ahora debo retirarme, no es correcto que un hombre soltero esté a estas horas en la casa de una mujer casada.


     Rudecinda había entrado al saloncito para retirar las cosas y Valentín dijo:


-Vaya usted a descansar y que la muchacha me acompañe a la puerta, usted debe estar muy cansada, le robé muchas horas.


     Le dio un suave beso en el dorso de la mano, sin dejar de mirarla a los ojos, tomó su abrigo y fue hasta la salida acompañado de Rudecinda. Ya en la puerta, le dijo:


-Cualquier cosa que te pregunte la señora sobre lo que pasó el otro día en Prado Negro, vos decí lo que te indiqué. Fuiste a la tienda, vendiste las joyas y el mercader ese te dio todo ese dinero sin chistar, ¿está claro?


-Sí, señor.


-Ni por casualidad se te ocurra mencionar que me viste o que yo te di la plata. Eso es un secreto que debe morir con vos y ni en la tumba vas a poder revelarlo, ¿entendiste?


      La joven asintió con la cabeza. Valentín buscó en un bolsillo de su pantalón y le dio un billete a la chica. Ella abrió los ojos enormes al verlo.


-Esto es para vos…y para que te callés la boca. Si cumplís, vas a ver más parecidos a estos. Y cualquier problema de plata que tenga tu patrona, me avisás. Sólo a mí. Sabés en donde encontrarme.

martes, 27 de junio de 2017

Carmen - Capítulo dos



     Edgardo volvió a su casa. Los niños estaban más que felices con el regreso de su papá, que les permitía hacer todo lo que ellos quisieran. María no ocultaba la satisfacción que le causaba tener a su esposo en el hogar, por más que él la evitaba en toda ocasión.


     Pocos meses más tarde nació Carmen. María estaba feliz con el nacimiento de la niña. La comadrona se la entregó envuelta en una coqueta mantilla bordada para que la alimentara por primera vez y llamó a Edgardo a pedido suyo. Él estaba sentado en un sillón  de la sala de estar, fumando un puro y leyendo tranquilamente el diario.


-Don, la señora quiere que suba.


     Edgardo no dejó de mirar las hojas mientras exhalaba humo.


-¿Para qué?


-¿Cómo para qué, patrón? Para que conozca a la criatura!!


-Ah, ¿ya nació?}


-Si, y es una nenita hermosa.


-¿Encima una mocosa?


-Don Edgardo, los hijos vienen, no se eligen…¿Quién le dice que esta muchachita no le traiga la alegría que tanto le falta a esta casa?


     Edgardo dejó el periódico sobre el sillón con fastidio. Se levantó y subió la escalera para ir al cuarto de su mujer. Allí lo esperaba María, sonriente, feliz, con la criatura recién nacida en brazos.


-Vení, mirala, se parece a vos…


     Edgardo se quedó parado al pie de la cama. Ella le hizo señas de darle a la niña para que la alce. Fumó su cigarrillo enfrente de la mujer y exhaló todo el humo que contenía en los pulmones.


-Edgardo, ¿qué hacés con eso acá? ¿No ves que le podés hacer daño a la criatura?


     Extendió los brazos con el puro en la mano.


-Damela- dijo con sorna.


-Dejá ese cigarro en el cenicero…no, mejor tiralo en el baño o apagalo. ¿Cómo se te ocurre entrar con esa porquería aquí?


-No tengo ningún problema en irme. Esa criatura me importa lo mismo que la vida de una oruga. No la quise, no la quiero, nunca la voy a querer, es un estorbo para mí. Vos quisiste tenerla, así que ocupate de cuidarla sin joderme, que esté bien calladita y no moleste ni llore porque te juro que a la primera se la tiro a los perros  que vigilan el campo sin ningún problema.


     María lo escuchaba horrorizada.


-¿Cómo podés hablar así de tu propia hija? ¡Es una criatura inocente! ¡No tiene ninguna culpa de lo que vos y yo hicimos con nuestras vidas!


-No, es verdad, no tiene la culpa, pero ella va a pagar tu capricho, tu osadía de enfrentarme aquélla tarde en el bar. ¿Vos me querés acá? Me vas a tener acá. ¿Vos querés fingir que tenés una familia feliz? Fingí todo lo que quieras. Pero ni se te ocurra que me ocupe de esa cría que yo no busqué. Con Graciela te dejé bien en claro que no quería más hijos. Y menos mujeres que sólo sirven para disgustos y gastos, porque hay que adornarlas para conseguirles un novio y que se las lleven. Ojalá esta mocosa crezca rápido, se casé y se vaya a joder a un gil como yo.


     Carmen dormía en los brazos de su madre. Era verdad, Edgardo le había dicho que no quería más hijos luego de nacer Graciela. Pero quiso asegurarse la presencia de su marido con un hijo más, esperanzada de tener otro varón. Por eso aquélla noche, cuando llegó algo ebrio, hizo de tripas corazón y  se metió en su cama a pesar de la repugnancia que le daba y lo provocó hasta tener relaciones con él. Le había mentido. Le había dicho que se cuidaba, porque a pensar de la borrachera, Edgardo le recordó que no quiera “problemas”…así era como llamaba a los hijos su marido.  



     Edgardo se fue de la habitación dejando una estela de humo a su paso. María llamó a la joven que hacía los trabajos domésticos en la casa y le pidió que abriera la ventanas, que tomara a la beba y fueran al cuarto de los otros niños para poder ventilar todo.


    Carmen fue creciendo con la indiferencia de su padre. Nada de lo que la niña hacía estaba bien, siempre la espantaba diciendo que lo molestaba y cuando llegaba saludaba a sus hijos mayores, pero ignoraba rotundamente a la pequeña. Ella se esforzaba por portarse bien, pero cualquier travesura que hicieran sus hermanos, Edgardo la responsabilizaba a ella.



     La acusaba de torpe, de imbécil, de inútil, aun cuando la  niña hiciera las cosas bien. Su padre disfrutaba enormemente mortificándola, ya que veía que la ponía nerviosa y se tropezaba o se caía con cualquier cosa que trajera en las manos. María tenía discusiones por el trato que le daba a la pequeña. El argumento que siempre esgrimía el hombre era el mismo del primer día: jamás querría a esa criatura y no soportaba su presencia.


     Muchas noches Carmen lloraba en su cama y como único testigo tenía a Graciela, que se bajaba de su cama para consolar a su hermana, diciéndole que su papá era así con todos, que se hacía el malo pero que, en el fondo, era bueno y la quería tanto como a sus otros hijos.

Carmen-Capítulo seis.

     María siempre había intentado que Edgardo aceptase a Carmen. Le enviaba a la niña con recados, para hacerla agradable a sus ojos ...