Edgardo advirtió cuánto mortificaba a Carmen con sus
desprecios. De repente lo divertía ver a la niña deshacerse en atenciones para
ganarse su simpatía. Se ponía vestidos elegantes y moños para estar más bonita,
con tal de que su papá le dedicara aunque más no sea una sonrisa. Sabía que a
Edgardo le gustaba la buena comida y, a medida que fue creciendo, pasaba más
tiempo en la cocina, aprendiendo de Rudecinda y Josefa los secretos para
preparar un buen guiso, carnes asadas, pastas de todas clases y, sobre todo,
postres y pequeñas delicadeces para la hora de
tomar el último licor de la noche.
Los años habían pasado. Carmen se había convertido
en una joven concienzuda y trabajadora. No era precisamente bella, pero era
constante y tozuda, a la larga, conseguía lo que quería. Con una excepción, el
amor de Edgardo.
María lo había convencido de irse a vivir a la
Capital, en donde sus pretensiones políticas podrían desarrollarse mejor. La
verdadera intención era poder cumplirle a Carmen el sueño de asistir a una
escuela de gastronomía. Había descubierto el don que su hija tenía para cocinar
y quería que pudiera desarrollarlo. Pero jamás se le hubiese ocurrido contarle
eso a su marido porque, al saber que la verdadera razón era Carmen, se habría
opuesto rotundamente aunque sus ambiciones políticas se vieran perjudicadas.
En la Capital la vida era tan distinta que Carmen
poco a poco fue olvidando el afán por ganarse el amor de su padre. Los horarios
de los cursos y las prácticas le llevaban todo el día y apenas llegaba a su
casa para dormir unas horas. Las distancias eran distintas que en el campo,
debía tomar trenes y subtes, además de que se había hecho de un grupo de
compañeros de la escuela con los que se juntaban a intercambiar opiniones y
ayudarse mutuamente con lo que alguno no había comprendido bien.
En el fondo, Edgardo extrañaba las delicias que
preparaba su hija, pero jamás lo admitiría. Alguna noche, por el simple placer
de amargarle la cena a María, habría hecho la observación.
-La mala agradecida desde que tiene el cuento del
estudio, no hace nada en la casa.
María lo miró fríamente.
-¿A quién te referís?
-A tu hija.
-Tenemos dos hijas.
-No hablo de Graciela. De la otra, la que pone cara
de mosca muerta, pero que en el fondo debe querer que me muera.
María redobló la apuesta.
-Si así fuera…pudo haberte matado hace tiempo.
Tranquilamente podría ponerte un poco de veneno para ratas en todo lo que hace
y que vos te comés como si fuera la última cena…
Edgardo la miró y dejó sobre el plato el tenedor que
estaba por llevarse a la boca.
-Comé tranquilo, eso no lo cocinó Carmen…lo cociné
yo…
-Quizás con más razón debería pedir que me traigan
otra cosa, no? Por lo que veo no probaste bocado aún…¿no serás vos la que
quiere envenenarme?
María se levantó de la mesa y se acercó a su marido
para hablarle en el oído.
-El infierno ya lo estoy viviendo acá así que estoy
acostumbrada… pero no me voy a arriesgar a pasarme la eternidad con vos allá
abajo…así que ni loca pondría en juego mi eternidad en el Paraíso para sacarme
de encima a un sorete como vos. Comé tranquilo, ni Carmen ni yo tenemos
intenciones de matarte.
Dejó a su marido solo y se encerró en su habitación.
Se quitó la ropa y se puso el camisón, se acostó y allí, mordiendo la almohada,
lloró desconsoladamente. Cada enfrentamiento con Edgardo la desmoronaba y le
costaba mucha energía. Defender a su hija era una pelea titánica y cada vez se
le hacía más difícil y pesada.
Poco a poco se habían realizado algunos cambios en
Carmen. Sonreía más, ya no estaba tan pendiente de agradar a su padre y ese
mundo nuevo de la gran ciudad le había abierto las puertas a la libertad y a su
vocación. Estaba feliz con las posibilidades que se le abrían, los maestros la
felicitaban y tenían grandes expectativas puestas en ella.
Ver a su hija por primera vez feliz, mejoraba el
estado de ánimo de María y la ayudaba a soportar las tormentosas discusiones
con Edgardo. Había aprendido a no prestarle atención, pero él siempre se las
arreglaba para tocar sus puntos débiles, que conocía a la perfección. María no
quería reconocerlo, pero muy en el fondo de su alma rogaba a Dios que le
permitiera usar el título de viuda lo más pronto posible.
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