Carmen supo desde antes de nacer lo que era el rechazo. Era la menor de cuatro hermanos y su padre, apenas supo del embarazo, desapareció de la casa familiar. Ya no quería más hijos, no soportaba la vida con María y lo único que deseaba era cumplir su sueño de ocupar un cargo público dentro de la comunidad en donde vivía, hasta llegar a la gobernación provincial y, por qué no, soñar algún día con la presidencia de la nación. Y un hijo más lo ataba al triste destino de ese pueblucho de mala muerte del interior del país.
Edgardo pasaba la mayor parte del tiempo en el bar
del pueblo, arengando en contra del actual intendente, que buscaba ser reelegido, y convenciendo a los
paisanos de que si lo votaban, muchos de los problemas que tenían iban
ser resueltos.
María había decidido ir con su pequeña hija hasta el
bar a pedirle a su marido que regresara. Cursaba casi 7 meses de embarazo y su
nuevo bebé no podía nacer bajo un hogar en el que no había un padre. No
importaba lo que tuviera que hacer. En el momento que llegaba, Edgardo estaba
en la puerta, con una copa de vino y riendo con otros hombres. Juntó todo el
coraje del que era capaz y con la voz más firme que pudo lograr, lo llamó.
-Edgardo.
El hombre hizo silencio, sin dejar de sonreír. La
miró y bebió un trago del vaso.
-¿Qué querés?
María no quería decir ante todos que Edgardo la
había abandonado hacía ya varios meses. No podía rebajarse ante esos hombres,
que ella veía inferiores, y decir que había tenido que vender los objetos de
valor que tenía para poder alimentar a su familia.
-Necesito hablar con vos.
-Te escucho
Edgardo no dejaba de dar sorbos a su copa.
Disfrutaba viendo a su mujer en esa situación incómoda, sabiendo que quería
reclamarle muchas cosas, pero no queriendo humillarse ante los peones de las
estancias de la zona.
-Acá no.
-Entonces no vas a hablar conmigo.
-Edgardo, no son cosas para hablar en público.
Se subió el ala del sombrero, dejando despejada la
frente y achinando los ojos por la luz del sol.
-Mirá, María, la que vino hasta acá sos vos, la que
quiere hablar sos vos, así que hablás acá o te aviso que viniste al pedo.
María estaba visiblemente incómoda. Sostenía
fuertemente la mano de Graciela, la niñita de 5 años que había llevado casi a
la rastra para despertar la ternura de su marido. La pequeña intentaba soltarse
y hacía fuerzas para lograrlo, porque su mamá la estaba lastimando. Ella la
sacudió.
-Quedate quieta- dijo por lo bajo- No me hagas
quedar mal.
-¿Para qué la trajiste?
María se acomodó la falda, apretó más a la niña
sobre su cuerpo y acarició su vientre.
-Para que veas a tu hija. Los varones están en la
escuela.
Edgardo hizo un gesto de indiferencia. Miró a un
muchacho que estaba cerca, le acercó el vaso y le dijo:
-Llevale esto al gallego y decile que me sirva más.
El chico tomó el vaso sonriendo, sabía que al final
de día recibiría una enorme moneda dorada por los servicios que le prestaba a
don Edgardo.
-Me vas a decir para qué viniste o te vas a quedar
ahí parada como una estaca, estrangulando la mano de la criatura?-preguntó con
tono de fastidio.
María se sentía incómoda. Hacía bastante tiempo que
sentía que su marido no la respetaba y sabía que se burlaba de ella
exponiéndola ante los demás hombres. Habló con el tono más suave que pudo hacer
salir de su garganta.
-Los chicos y yo te extrañamos, nos hacés falta en
la casa, por favor, no es un tema para conversar en la vereda.
Edgardo disfrutaba sobremanera la humillación de su
esposa.
-¿Querés hablar adentro?-le dijo, señalándole el
interior del bar.
-¿Vos te burlás de mí, no?- contestó ella en voz baja-¿Te
divierte ponerme en esta situación de mierda, mientras los borrachos de tus
amigos se enteran de cosas íntimas?
Edgardo dejó su posición, recostado sobre el marco
de la puerta del bar, y caminó hacia ella. Sonrió a Graciela, que se mantenía
casi escondida detrás de la falda de su madre.
-María, si venís a apretarme para que vuelva con el
embarazo ese, desde ya te digo que te podés ir olvidando. Te dije que no quería
más hijos, sabías muy bien que me casé con vos porque el acuerdo entre tus
padres y los míos no me dejaron otra opción…
-Yo te quiero…-musitó María en tono suplicante.
-¿En serio? Mirá que en diez años de matrimonio casi
no me di cuenta, eh? Vos los único que querés es mantener tu nombre y que no se
ande murmurando nada, no te importan los sentimientos de nadie y cuando nos
casamos, te avisé que yo lo hacía por una sola razón…
-La plata, es lo único que te importa- murmuró ella
amargamente.
-¿Por qué a vos no? ¿O me vas a decir que estás acá
por amor? Vamos, María, que entre bueyes no hay cornadas y vos y yo sabemos
perfectamente que estás acá por plata…
-Porque vos no nos das ni un peso para mantener a
nuestros hijos, pero te despilfarrás la plata en bebidas y en pu…
-Shhhh…nooo…como una señora de tu alcurnia va a usar
ese vocabulario, che? Que no se diga! O acaso la alta sociedad de este
pueblucho de morondanga empezó a usar palabras vulgares…no, no, no…-cortó
Edgardo socarronamente.
María lo miró con furia.
-Pero resulta que este pueblucho de morondanga es el
que te tiene que votar para que llegues al puestito de porquería que querés… ¿Sabés
que si yo empiezo a decir quién es realmente Edgardo Domínguez, no te vota ni
el burro de carga de la pocilga esa en donde dormís por las noches?
La sonrisa socarrona se borró del rostro de Edgardo.
Sabía que María jamás se rebajaría a confirmar los cuentos que corrían por el
pueblo sobre su vida conyugal, pero también sabía que si tiraba demasiado de la
cuerda, su mujer podría tocar fondo y vociferar la verdad sobre su vida, sus
negocios y estropearle la carrera para siempre.
-¿Qué querés? ¿Plata? Andá a lo de Antúnez y decile
que hablaste conmigo, que te pasé una suma, después yo voy a hablar con él y te
va a llevar una mensualidad.
María no se inmutó. Sabía que ahora corría con
ventaja.
-Ya está, ya lograste lo que querías, ahora andate y
no me jodás más.
Con un movimiento negativo de cabeza, ella le
respondió:
-¿En serio te pensas que con unos pocos pesos
miserables me vas a arreglar? ¿De verdad pensas que yo soy como el chiruzo ese
que te hace de esclavito por una moneda al final de la tarde? ¿Vos creés que yo
vine solamente porque quiero que me pases unos billetes que no me van a
alcanzar más que para llenarles un poco la panza a los chicos, mientras vos te
despilfarrás su herencia en mujeres y boliches? No, Edgardo, no, estás
equivocado…
-¿Y qué mierda querés?
-Que vuelvas a casa, que te comportes como el hombre
de familia que deberías ser, que asumas la responsabilidad de tus hijos,
¿Querés llegar a la intendencia del pueblo? ¿Y pensás que abandonando a tu
familia y emborrachándote todo el día lo vas a conseguir? ¿Ese es el ejemplo
que pensas dar?
María estaba tocando el tema más sensible para
Edgardo, sus ambiciones políticas. Había meditado mucho tiempo sobre cómo
lograr que su marido regresase a su casa y volver a tener la estabilidad que
ella necesitaba para su familia.
No se había
casado con él sólo porque le habían inculcado desde pequeña que debía amarlo,
ya que su matrimonio había sido concertado por ambas familias desde que ella
había nacido, sino porque el nivel social que ese matrimonio le daba la alejaba
de la clase humilde que siempre había despreciado.
No toleraba la idea de ser comparada con cualquier
mocita de estancia que era abandonada por el paisano de turno que la embarazaba
sin mediar papeles y luego era señalada por todos por lo fácil que se había
entregado. No, ella sería una “señora” y para ello, debía tener a su marido a
su lado.
Edgardo supo que no tendría alternativas. María lo
había puesto contra la espada y la pared. Ella se dio cuenta de su triunfo.
-Esta noche te espero en casa, con tus cosas, y espero que no tenga que recordarte que debés comportarte como el hombre de familia que sos.
Le dio la espalda y se fue, con una sensación de
revancha y triunfo que jamás olvidaría.
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