Franco Bedoya era uno de los solteros más codiciados
de la Capital. Hijo de una familia tradicional y próspera, tenía sus propios
negocios alentado por sus padres y abuelos. Había viajado por los lugares más
fascinantes y exóticos del mundo, para aprender sus distintas costumbres. En
esos viajes, nadie sabía quién era y lo trataban como a uno más. Había
trabajado en bares, restaurantes, cafés y hoteles de las más variadas categorías,
realizando todas las tareas en donde lo precisaran…a veces fregando platos en
un sótano sucio, otras recibiendo a lo más alto de las alcurnias europeas.
Le gustaba la idea de brindar un servicio de calidad
en su país. Invertir en un hotel propio, con una amplia carta gastronómica,
variada y exótica, digna de reyes, para mostrar todo lo que había aprendido en
esos viajes. No descartaba ilustrar las paredes de ese hotel en proyecto con
las fotos de las rarezas que había encontrado, aunque lo notaba como un detalle
snob y ególatra.
Había comenzado por financiar una escuela de
gastronomía en la Capital. Formaba parte de la sociedad, si bien no participaba
de ninguna clase ni se mezclaba con los asistentes. Su idea escondida era escuchar a los profesores
sobre quiénes era los alumnos con más posibilidades de destacarse en distintas
áreas, para luego captarlos con la promesa de un futuro trabajo en ese hotel de
lujo que esperaba concretar pronto. Quería a los mejores, y los tendría.
Había comenzado a escuchar el nombre de una alumna
nueva. Tenía grandes habilidades y sobresalía con toda clase de delicias. Si
bien había comenzado a cursar hacía pocos meses, los profesores la tenían en
mucha consideración y, alguno que otro, reconocía que era hasta mejor que ellos.
Le provocó mucha curiosidad esa joven. No era muy
sociable, y se movía en un grupo de gente muy reducido. Si bien tenía buenos
modales, era bastante arisca y hablaba poco. Pero todos decían que cuando
cocinaba, sonreía y parecía que rozaba la felicidad.
Tuvo que buscar alguna excusa para ir a la escuela
sin levantar sospechas, pero en definitiva era uno de los dueños. Y tenía todo
el derecho del mundo de ir y estar donde se le antojara. Dentro de la escuela
no era muy conocido, así que, a menos que se cruzase con algún directivo, iba a
pasar bastante desapercibido.
Buscó el curso de la joven que tanto habían alabado.
Se encontró mirando por uno de los ventanales que daban a las enormes
aulas-cocinas a una mujer que se movía con una pasión que pocas veces había
visto. La veía verter mezclas, incorporar ingredientes, cortar vegetales y
frutas con la intensidad de quien se entrega en cuerpo y alma. No veía su
rostro, ni su figura. No le importaba su aspecto. Solo quería poseer esa pasión
para sí.
Distraídamente preguntó alguien que observaba igual
que él cómo se llamaba esa mujer.
-Carmen, es una alumna nueva, pero parece una de las
chefs más experimentadas que conozco.
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